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lunes, 23 de marzo de 2020

"VOLVER DE NUEVO AL MAR Y SER GAVIOTA"


VOLVER DE NUEVO AL MAR Y SER GAVIOTA

Volví al mar...
Como quien vuelve al hogar después de tanto tiempo.
Tras la neblina azulada de febrero, una cortina pesada y nebulosa recubría el horizonte pintándolo de plomo.
Murmullo sordo y denso de las olas acercándose a mis pies, en una refrescante bienvenida.

Volví al mar... y el mar me regaló su frasco abierto de fragancias.
Y me dejó en el pelo un olor húmedo de sal, de algas y de brea. Y en la mirada, los aromas de una abierta e infinita lejanía...

Las gotas salobres resbalando suavemente en una piel necesitada de luz, de viento y agua, de la caricia dorada de un sol que se despierta  poco a poco, sobre las aguas profundas y metálicas del océano.

Volví al mar...
Y sé que tengo alma de gaviota que anida en los abruptos acantilados de asperón, inaccesibles, llenos de recovecos y cavidades misteriosas.

Ser gaviota... desde de allí, oteando la frontera, la línea recta divisoria entre el cielo y el mar.

Ser gaviota... y volar aleteando sobre las dunas litorales, suaves y arenosas abrazando a los pinares. Volar como pañuelo abierto a la deriva de la brisa, en azules bocanadas de plena libertad.

Ser gaviota...y observar los cervatillos en los lucios de las playas desiertas de Doñana, retozando como niños inquietos.

Ser gaviota...estática y lejana en una roca y observar el ir y venir incesante de las olas, sin pensar en nada más.

Ser gaviota... que se posa en las velas triangulares de los barcos, a dejarse llevar por los vientos de poniente que atraviesan el Estrecho...hacia ninguna parte.

Volver de nuevo al mar...

A fundirme en un abrazo con el aire, a respirar hondo y despacio sus esencias y dejarme acunar por la marea lentamente...
Hundir después mis pies en la fina arena de la bajamar y encontrar al fin...mi anhelada paz.



Texto y foto:
María Prieto
Febrero 2020
Foto: Playa de Matalascañas. Huelva.

sábado, 28 de septiembre de 2019

"TELARAÑAS EN LOS OJOS"


 TELARAÑAS EN LOS OJOS

A veces, siento que tengo tanta arena en los ojos que me obliga a pestañear de continuo. Una aridez seca, terrosa, de desierto pedregoso, se me cuela en la mirada, que no sabe hacia dónde dirigirse.

Pequeños fragmentos que se mezclan y se adhieren tercamente como telarañas en los hilos de mis pestañas y en la córnea, ocultándose con ahínco por debajo de mis párpados.
Mis lacrimales obturados, se niegan a esparcir el fluido claro y transparente que lave y dé luz a mi mirada en un brillo húmedo que las arrastre y expulse de mis ojos en un chorro de lágrimas cálidas y liberadoras...Pero no...

Lo peor de todo, no es eso... Me miro en el espejo, pero aparentemente no se nota nada extraño; todo está normalizado: el color, el brillo, la blancura, la redondez verdosa y amarronada del iris, la oscura pupila, las pestañas despejadas...
¡De pronto es la pupila la que me intriga!
 Intento acercarme más al pequeño espejo para estudiarla con atención, pero no... Falsa alarma.

Con la excitación que me produce, resbala el espejo de mi mano... Lo recojo, ya dividido y cuarteado. Y me vuelvo a observar. Ahora, mi imagen se ha multiplicado, pero continúa sin verse nada anormal en esos múltiples ojos que me devuelven insolentes los pequeños espejuelos.

Y yo continúo percibiendo, ahora más que nunca incrementada, esa extraña y agobiante aridez pegajosa, esa necesidad irresistible de frotar mis ojos; ese deseo imperioso de inundarlos, de licuarlos con una catarata fresca y vigorosa que la arrastre para siempre...

Es inútil. Sigue ahí la intrusa telaraña.

Y sigo sin saber a dónde dirigir la mirada...sintiéndola muy adentro, muy honda.
Lanzo los pequeños fragmentos del espejo con rabia y desesperación.
Pero no, no sirve de nada.

Porque el misterio no está en mis ojos. Está en mi mirada.
Mirada que duele…
Rota la mirada en pequeñas esquirlas…
Y no sabe adónde dirigirse…

La telaraña…
en los espejos partidos del alma
se ve aún reflejada.



María Prieto
Septiembre 2019

domingo, 9 de junio de 2019

"CONTRASTES URBANOS"




CONTRASTES URBANOS
La gran ciudad, noctámbula, camina soberbia y arrogante derramando vida en las aceras. Mil y un escaparates repletos de superfluas, atractivas y legales mercancías...Un ilegal, alguien sin nombre, se acerca y te suplica que lo invites a un café.
Algarabía…Risas, pasos, empujones... Entre la muchedumbre, dos músicos callejeros, afinan sus silencios y colocan en las fundas sus monedas de reclamo. Flashes que se disparan...Fotógrafos anónimos enmarcan caras sonrientes y poses imposibles, para lograr una ansiada popularidad mediática y fugaz. Un grupo de atléticos manteros huyen con sus bultos clandestinos a la espalda...

Torbellino intermitente de faros que transitan entre las brillantes luces de neón de los anuncios de perfumes caros, con aroma irresistible. Y al doblar alguna esquina... un mensaje garabateado en un cartón que nadie lee, un rostro sin afeitar que nadie mira; pues ya los ojos están bien adiestrados, bien entrenados en la acomodaticia y confortable invisibilidad.

Dos sin techo se disputan territorios imposibles y ficticios, en la jungla de la noche. Y continúan brillando las luces de neón…y, en un portal cualquiera, de una céntrica calle cualquiera, hiere a tu hipocresía y a tu vista de tranquilo paseante un remedo cruel de hogar con un decrépito colchón. Un triste hatillo de objetos imprecisos y mugrientos y dos siluetas ya ajenas al claxon de los coches, a los desahucios, a las miradas, a las sirenas, a los calores y los fríos... Dos seres abrazados, ebrios de soledades, duermen su desesperanza de olvidados en el centro de gravedad de esa indiferente nada.

Y la vida, impasible e inclemente, continúa rugiendo por una gran ciudad cada vez más desquiciada…cada vez más deshumanizada...

Y seguimos paseando, mirando hacia el otro lado…


Texto y foto: 
María Prieto Sánchez

Junio 2019

lunes, 18 de febrero de 2019

"ESAS VIEJAS PUERTAS..."

Casa de Valdelarco. Huelva
 ESAS VIEJAS PUERTAS…

Esas viejas puertas que siempre me atrajeron, vetustas puertas que acumulan la magia y los secretos de tantos y tantos años…Siluetas desvencijadas y decrépitas exhalando siempre un silencio solemne, grave y decadente en la fachada desnuda de alguna calle empedrada de algún pueblo cualquiera, de una calle verdosa y solitaria. Resistiendo el paso inclemente de los tiempos, de los días, de las noches, de veranos y de inviernos… con su madera raída por las lluvias y maltratada por vientos que hacen vibrar lúgubremente un postigo al que ya no asoma nadie...Humedades, claroscuros de madera apolillada. Con la verdina invadiendo sus entrañas, enturbiando la blancura de la cal donde se enmarca, con su tinte persistente, desluciendo  su pureza inmaculada.

¡Cuántos pasos hoyaron el umbral a lo largo de la vida de la casa! Esa curva del umbral tan sinuosa y desgastada con la pesada carga del tiempo. Pasos lentos, pasos ágiles, vacilantes pasos infantiles…el cansino caminar que arrastra un cuerpo devastado… 

En su cerradura, corroída por la herrumbre del tiempo, ya no suena el chasquido metálico de la llave; aquella llave hermosa, aquella llave grande de las que ya no existen y quedaron atrás en el recuerdo.
¡Cuántos sueños asomados al postigo de la calle! Ilusiones y proyectos albergados bajo su techo y que ahora oprimen sus estancias huecas  como cáscaras  vacías.

Siento la tentación de llamar muy quedamente y escuchar cómo retumba la callada soledad del interior…Y el eco…me trae silencios, atávicas voces que aguardan no sé qué. Voces roncas, voces agrias, dulces voces de nanas y canciones, voces limpias, infantiles; entre gritos de silencios y de risas, de sonoras y alegres carcajadas. Puedo oír los suspiros y los llantos, las palabras de amor que se entregaron y quedaron grabadas en la almohada. El crepitar de la lumbre (ya extinguida), el sonido entrecortado de una radio; el lamento y el quejido del viento en la enorme campana de la chimenea en las noches oscuras y ateridas del invierno.  

Y a través de sus rendijas me llegan por el aire sus fragancias; a humo de la candela, los aromas del café de la mañana… Los olores a maceta recién regada, a la frescura del barro de los cántaros, a pan caliente; al fresco aroma veraniego del jazmín que tapizaba el arco del hermoso pozo y, desde el patio, soplaba su perfume hacia la casa. Olores a puchero cociendo entre las brasas. Aroma a mandarinas y a naranjas amargas y aquel olor intenso a manzana que exhalaba la ropa blanca guardada en los cajones de la cómoda. 

Espacios que conservan sombras, rastros, silencios, sueños… hoy recubiertos con la pátina grisácea del polvo y del olvido. Testigos mudos del ocaso de nuestros viejos pueblos, algunos ya sin alma, sin destino, sin futuro…


Casa de Las Hurdes. Cáceres

Texto y fotos: María Prieto Sánchez
Febrero 2019

lunes, 30 de julio de 2018

"RETAZOS DE VERANO" EN LA ANTILLA (HUELVA)


  RETAZOS DE VERANO


Porque amo las soledades de arena de las playas atlánticas en las cálidas tardes de verano.


Y en ellas busco refugio, anhelando su intensa luz y esa paz oceánica, sonora y tangible que irradian. Blanca paz que a veces me abandona…


Y adoro la línea azul de su inmenso horizonte, lejana y rectilínea, como un espejismo inexistente. A veces nítida, a veces envuelta en manto gris de brumas. Esa línea recta e infinita cuajada de rizos blancos de espuma que arremolina la brisa…


Y envidio la libertad del viento que estremece mi pelo y arrastra mis negros pensamientos devolviéndome el perdido sosiego...
 


Y siento el vuelo circular de las gaviotas planeando libres sobre mis sueños vespertinos que dibujan inútilmente castillos en el aire, trocándose después en  infantiles y efímeros castillos de arena abandonados a merced de las mareas…


Y amo tumbarme en sus arenas solitariamente ajena, mirando la vida horizontal, a ras de un suelo inestable y movedizo que se enciende con el ardor del inclemente sol del mediodía. Poderoso sol que reverbera en la irregular superficie de mi cuerpo y en los granos de esa arena adheridos furiosamente a ella, dorándome la piel y haciéndome sentir que sigo viva…


Y sumergirme de pronto en la frescura del agua…Y esa sal cristalizando en el borde de mis labios y penetrando, audaz, por los poros de mi piel...



Y me fascina caminar sosegada por la orilla hacia ninguna parte, acunándose mis pies con el eterno ir y venir de las olas que los lamen y acarician suavemente dejando en la fina arena de la bajamar un rastro de huellas profundas, pero fugaces como la misma vida…


Y camino persiguiendo mi sombra, cada vez más alargada con el caer de la tarde, entre el agua fría y transparente y el albo nácar de las conchas que crujen bajo mis pies. Acompasar mis pasos a ese ritmo sonoro, cadencioso, continuo y ancestral de las olas y mareas estrellándose, incansables, contra las rocas...


Y me gusta permanecer inmóvil en la orilla y sentir cómo te atrapa y te hunde poco a poco, cual trampa líquida y mortal. Y presentir el peligro de dejarte arrastrar hacia el abismo…


Y soy más libre mientras tanto, quedándome rendida ante ese dios, el Sol majestuoso del atardecer, que platea la superficie marina derramando destellos de millares de espejuelos que te deslumbran insolentes. Y observar cómo penetra, envuelto en llamas anaranjadas, suavemente, en esa inmensa y profunda balsa de cristal del gran océano...




Y vuelvo sobre mis pasos…
Y soy más yo…dejando en la arena mis recuerdos…


¿Qué tendrá el mar…?

Texto y fotos:
María Prieto Sánchez

La Antilla (Huelva) Julio 2018